martes, 14 de agosto de 2012

Yo no soy un periférico de mi PC


Si no estás en alguna red social eres un tarado y vas a perder el trabajo (si es que tienes uno que perder).
Para algunos psicólogos, si eres adulto, joven, y no estás en Facebook o Twitter eres un psicópata, un asocial peligroso. Los responsables de recursos humanos también recelan. Si no estás en alguna red es que debes tener algo que esconder. En conclusión, puedes ser un cabrón con pintas, pero nadie lo sospechará si tienes un perfil en una red social que te dé apariencia de ‘normalidad’. Como de costumbre, lo que seas capaz de aparentar te abrirá más puertas que aquello que en realidad seas.

En opinión del psicólogo Cristopher Moeller, recogida por el diario alemán Der Taggspiegel, siempre y cuando el tiempo dedicado no exceda lo que se considere una adicción, alejarse de las redes sociales como si te produjeran alergia es sospechoso, síntoma de ser un inadaptado, porque las personas de bien, equilibradas y “normales” se relacionan en la red. James Eagan Holmes, el asesino de Colorado que mató recientemente a 12 personas en un cine, y el noruego Anders Breivik, el ultraderechista que mató en la isla noruega de Utoya a 69 personas, no tenían perfil en Facebook.
Le comento todo esto a mi madre con cautela para no despertar a la bestia que lleva dentro, dado que ella tampoco tiene perfil en ninguna red social. A sus 73 años, todo este universo de las nuevas tecnologías es algo que entiende hasta un determinado punto, a partir del cual, en su opinión,  el sentido común desaparece. Su sentido común le dice que estamos demasiado influenciados por las nuevas tecnologías. Que no es normal que el mundo virtual le esté robando tanto espacio a las relaciones personales cara a cara, mirándose a los ojos. Y que ella no tiene perfil en Facebook, que no se lo piensa crear, y que por ello no se considera ni cree que la deban considerar asocial ni desequilibrada.

Equilibrio entre las esferas real y virtual
Como profesional de la comunicación, he de decir que entiendo los dos extremos. Entiendo la influencia de las nuevas tecnologías y cómo han modificado el modelo de relaciones interpersonales. Pero no comparto que esos avances nos roben tanto espacio íntimo y personal para dárselo al ámbito virtual, en el que las apariencias se mueven con mayor facilidad al amparo de cierto anonimato. Quizá, es consecuencia de que mi edad me sitúa a medio camino de ambas fronteras. Manejo el universo 2.0, pero crecí jugando a la peonza, los cromos y el futbolín.
En su ensayo ‘Del bisonte a la realidad virtual’, Román Gubern, historiador de medios de comunicación, ya divisa un futuro en el que la realidad virtual tiene un espacio importante. La meta es construir todo un universo paralelo en el que las personas puedan actuar de forma idéntica a como lo harían en el mundo real. Eso significa desenvolverse hasta extremos como el de entrar en una biblioteca, averiguar la referencia de un libro, dirigirte a una estantería y consultar un ejemplar del mismo. Todo eso, de modo virtual.
Estoy convencido de que el equilibrio entre las esferas real y virtual se encuentra en algún punto del camino entre las interpretaciones del psicólogo Moeller, Román Gubern y mi madre. Estamos delegando en las nuevas tecnologías ámbitos personales que deberíamos resolver de otro modo. Tengo la sensación de que estamos dejando de ser personas para convertirnos en una especie de periféricos de nuestro ordenador o nuestro smartphone. Yo me niego a ello.


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